Los Exitosos Pells

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 Cuando el cigarrillo se hace humo [Diario Crítica]

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MensajeTema: Cuando el cigarrillo se hace humo [Diario Crítica]   Sáb Jun 06, 2009 3:25 am

Fuente: Diario CríticaDigital, 28/04/09
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Cuando el cigarrillo se hace humo



Ahora que el tabaco es demodé, el personaje de Mike Amigorena sorprende con su vicio. Cómo se trocó el placer sensual en rasgo enfermizo. Hablan guionistas y actores. Con o sin pucho.

“Hace treinta años nomás, si no fumabas pasabas por gil; hoy, sos un gil si fumás”, resume Oscar Martínez, con un cigarrillo en la mano. Pero que el actor y fumador intente con dignidad sobrevolar las tendencias, modas y giros de la caprichosa opinión pública no impide reconocer que la realidad arrincona cada vez más a los adictos al tabaco. Y que la televisión corre –o camina o gatea, según los casos– detrás de los carteles “libres de humo”.

Gonzalo fuma; Martín, no. En Los exitosos Pells, la tira de Telefe, los dos personajes que compone Mike Amigorena se diferencian, entre otras características, por sus hábitos. Martín, el exitoso, es vegetariano y antitabaco militante, mientras que su gemelo loser es carnívoro, sufre horrores la abstinencia de la nicotina y se erigió, además, en el último fumador de la ficción televisiva.

De la ficción, repetimos, porque el periodista Jorge Lanata es el auténtico Quijote del pucho, solitario e inmutable ante el repudio de los talibanes oxigenistas. Basta observar la promoción de su programa en Canal 26, DDT, con un cenicero, cigarrillo y volutas de humo: declaración de principios o elogio al suicidio, al tipo nadie podrá acusarlo de cambiar de opinión, al menos en esas cuestiones.

Pero en el mundo de las telenovelas y series, fumar ya fue. Además, Martín Pells es muy exitoso como gay y Gonzalo es muy perdedor como heterosexual, un guiño que se mantuvo como un viejo referente de la identidad de género. Porque, hasta no hace tanto tiempo, fumar era cosa de machos. Mi hermano fuma, decían los nenes para impresionar en la escuela. Pero la significación del cigarrillo cambió en manos de los actores.

“Claudio García Satur, en Rolando Rivas, o Bebán con el whisky y el cigarrillo a las cuatro de la tarde, todos fumaban. Un personaje nervioso manoteaba el paquete de cigarrillos y eso era percibido como un acto natural, no se cuestionaba si el actor fumaba o no fumaba. En los últimos cinco años, se nota la desaparición del tabaco cada vez con más fuerza. Es el mismo proceso que en la sociedad: antes era de galán canchero, intelectual, glamoroso, y ahora decís ‘qué aliento va a tener’, parece algo sucio, enfermo, adicto, como con el alcohol, está mal visto socialmente”, dice Esther Feldman, la guionista, junto con Alejandro Maci, de Los exitosos Pells.

Difícil ir contra la corriente: poco a poco, Gonzalo deja el hábito. “Soy fumadora, así que jugué con mi aporte sobre lo que significan la abstinencia y el obstáculo. La televisión se ha vuelto educativa, como con los preservativos o los cinturones de seguridad. Sin hacerlo explícito, se puede educar con el ejemplo y, además, sirve como recurso dramático, un disparador para mostrar estados de ánimo. Que Gonzalo deje de fumar significa que se adueña del mundo de Martín”, explica Feldman.

La misma mirada tiene el guionista y director Marcos Carnevale. El autor de Valientes y Soy gitano dice que trataba de “abonar a ciertas tendencias” porque le parecía que la televisión podía ayudar a acompañar los cambios respecto del alcohol, el uso del celular al volante o la profilaxis. “Soy un ex fumador y el cigarrillo me despierta algo contradictorio: por un lado, me parece seductor ver fumar a alguien y, por otro, sé que es nocivo. En la película que filmo ahora, Anita, los dos personajes que fuman (Luis Luque y Leonor Manso) no tienen rumbo, están perdidos”, dice.

Otro ex fumador, Mario Segade, autor de éxitos como Vulnerables y Resistiré, opina que la presencia del cigarrillo depende de la situación dramática: “Si a un tipo le diagnostican cáncer de pulmón y quiere seguir fumando o un chico que se escapa y da unas pitadas a escondidas, contextualizado, tiene sentido. Aunque reconozco que la pareja que hacía las publicidades de LM (Claudia Sánchez y Nono Pugliese), hoy se moriría de hambre”.

Más relativista, Jorge Maestro se permite la ironía. Para el libretista de Zona de riesgo, Los machos y Por amor a vos, “los personajes no fuman porque está prohibida la publicidad de cigarrillos en la televisión. Si no, lo harían. No hay que ser hipócritas. En programas juveniles, se ve a los chicos tomando cerveza. En Zona de riesgo, los personajes consumían cocaína pero no significaba que se hiciera apología de la droga. Debe haber un equilibrio entre la responsabilidad social y la libertad creativa. Depende de las características del personaje porque tener o no un cigarrillo en la mano es sólo un elemento más que no define nada”.

“Dame el humo de tu boca / Dame, que así me vuelves loca”, cantaba la actriz y dama del tango Libertad Lamarque. Hoy, ella misma mandaría a su galán fatal a hacerse buches mentolados antes de arrimarse. “Lo que ha pasado con el cigarrillo en la pantalla es un fenómeno que en el cine es muy notorio”, dice Cecilia Absatz. Además del estereotipo Humphrey Bogart (impermeable-sombrero-pucho = galán irresistible), la periodista cita el ejemplo del film La extraña pasajera (Now, Voyager), de 1942, en el que Paul Henreid prendía dos rubios y le pasaba uno a Bette Davis como el non plus ultra de los gestos románticos. “En los 80, el paradigma cambió y los fumadores cayeron en desgracia, desaparecieron de las pantallas. Sólo quedaron fumando los malos, los delincuentes, los terroristas, los suicidas. Y en la televisión, salvo Lanata, tampoco se fuma. El cigarrillo se cargó políticamente y pasó de accesorio viril a costumbre de kelpers”, analiza. Sin embargo, para Absatz, hay reciclaje y de a poco asoma una ligera vuelta de tuerca. “En el film Luciérnagas en el jardín, el protagonista (Ryan Reynolds) fuma y es absolutamente deseable y seductor; es un guiño para los fumadores”.

Un movimiento, de todos modos, muy tímido: basta ver la serie de HBO, Mad Men, que cuenta la historia de unos publicitarios pioneros en el rubro en los primeros sesenta. La excelente reconstrucción de época subraya hasta la asfixia cómo se fumaba en aquellos años. Mucho, pero mucho más que ahora. Por el momento, para ocupar las manos, actores y actrices deben hacer otra cosa. El tiempo dirá si resultó o no más dañino que un poco de
nicotina.

Se supo: Chanel, Malraux, Tati y Sartre no fumaban

La corrección política a la francesa se ha cobrado víctimas tabaqueras con sabor a sacrilegio. En primer lugar, fue censurada una publicidad en el metro parisino que anunciaba la exposición dedicada a Jacques Tati en la Cinemateca Francesa: la imagen de Hulot, su célebre personaje siempre con reconocible pipa, fue alterada y ahora en su boca hay un molinito de juguete. Luego, el afiche de Coco avant Chanel, donde Audrey Tautou es la célebre modista francesa, fue simplemente prohibido porque la Chanel tiene un cigarrillo encendido en la mano. Ambas medidas surgen de la aplicación de la Ley Evin –por su propulsor, Jacques Evin– de 1991, que prohíbe la publicidad de cigarrillos en la red pública francesa. Pero el propio Evin reconoce que ambas medidas son ridículas. “Cuando una persona ha desempeñado un papel cultural importante –dijo a la agencia France Presse–, de Serge Gainsbourg a Georges Simenon, y dado que el cigarrillo o la pipa son atributos inseparables de su personalidad y que el anuncio no tiene relación con la industria del tabaco, podría hacerse una excepción”. Francia tiene precedentes en anular el pasado tabacal de sus grandes nombres. En 1996, la Poste creó un sello en homenaje al escritor André Malraux, pero la imagen en la estampilla –una foto de Gisèle Freund– fue manipulada para eliminar el cigarrillo que Malraux tenía en sus labios. Y un afiche de la Biblioteca Nacional de París fue alterado para borrar un cigarrillo de la mano de Jean-Paul Sartre. Toda una comedia absurda a lo Jacques Tati.

OPINIONES

Yo, fumador
Jorge Lanata

Fumo, señores del jurado. Eso significa que soy sudaca, tercermundista, probablemente inmigrante ilegal y, claro, casi negro o casi oscuro o poco blanco. Fumo desde los doce años y, con el primer cigarrillo fumado a hurtadillas en la terraza de la casa de mi abuela tuve una erección. Esto es: entiendo a los indios taínos. Ya sé que no hay vínculo entre el sexo y el tabaco, pero déjenme seguir con la inocencia de mis doce años. Ahora, a los cuarenta y ocho, cuando tengo una erección fumo para festejar. Vivo, desde hace años, fuera de la ley, y con la conciencia culpable de matar a cada paso a un fumador pasivo. Afortunadamente, nadie se ha muerto aún ante mi vista por culpa de mi humo. Vivo en las “smoking area”: esos cubículos sucios de los aeropuertos, en los que el aire induce a vomitar. Sé por experiencia que los detectores de humo son aparatos tecno-psicológicos: inducen miedo y sólo suenan si se les fuma a cinco centímetros o menos. He decidido, hace tiempo, no ir donde no me dejan fumar. Mis amigos creen que esto obedece a mi grado de intoxicación, pero no es así: lo he transformado en una cuestión de principios. Quienes me invitan donde sea saben que cargo con mi humo: ya sea un estudio de televisión, una conferencia en un teatro, una cena privada. La decisión fue saludable: no creo, hasta ahora, haberme perdido de nada tomándola. La consecuencia más notable ha sido reducir de manera drástica mis viajes a los Estados Unidos: ese país donde al entrar a uno le revisan los zapatos, le solicitan una radiografía anal detallada y lo interrogan como si fuera miembro de Al Qaeda. Fumo, claro, cigarrillos americanos. Hace más de treinta años.

Querían humo
Rodolfo Bebán

Fui fumador empedernido, de un atado diario y, para mí, era un placer, sólo eso. En la actuación, igual que el vaso de whisky, se trata de sostenes ocasionales, ocurrencias que aparecen. En Cuatro hombres para Eva (1966), sólo fumábamos Eduardo Rudy –que lo tenía prohibido pero igual lo hacía– y yo. El director, Martín Clutet, compraba paquetes de rubios, los abría, esparcía cigarrillos por todos lados y no paraba de fumar; con el que apagaba, prendía el siguiente. En Malevo (1972), Oscar Ferrigno y yo fumábamos mucho y la directora Marta Reguera nos pedía más, quería mucho humo.

Un rasgo de glamour
Arturo Puig

Dejé hace unos años, pero llegué a fumar un paquete y medio por día. La mayoría de nosotros fumaba; era, supuestamente, un rasgo de glamour. Pero no me apoyaba en el cigarrillo para actuar; estaba ahí, nada más. Si tenía que besar a una actriz no fumadora, tomaba mis precauciones y comía una pastilla de menta antes. No recuerdo cuándo aparecí por ultima vez en televisión con un cigarrillo porque en Grande, Pa (1991-94) todavía fumabam aunque ya no delante de cámara.
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